"Francia es más débil que su estatus internacional, Alemania más fuerte". Leí esta frase en un diario alemán y pensé: vivimos años de desajustes. Hay momentos históricos donde apariencia y realidad se desencajan. Como suele ejemplificar Slavoj Zizek: el coyote camina unos segundos en el aire, antes de darse cuenta de que no hay suelo bajo sus pies. Las democracias occidentales no consiguen responder a la tecnocracia y la ultraderecha, que amenazan por un lado y por el otro. Estados Unidos está en permanente crisis política. Alemania deberá indefectiblemente asumir un papel internacional acorde a su poderío económico. El poder simbólico de Francia no conseguirá compensar su debilidad económica. China, Rusia y el terrorismo son los nuevos actores frente a los cuales Occidente no sabe bien qué hacer. Tal vez sea el caso que el neo-liberalismo haya alcanzado un límite y no pueda afrontar los nuevos desafíos, mucho de ellos creados por él mismo.
sábado, 12 de diciembre de 2015
martes, 8 de diciembre de 2015
La estrategia del ridículo
Llamemos la "estrategia del ridículo" a aquella que consiste en transgredir las convenciones que regulan la comunicación política. Claro que "ridículo" es lo que perciben quienes no comulgan con este estilo. Para quienes sí lo hacen, la estrategia es percibida como valiente y transformadora. Tres figuras emblemáticas de esta estrategia hoy son Cristina Kirchner, Nicolás Madura y Donald Trump. Los tres se caracterizan por transgredir constantemente las formas que regulan lo que un político debe decir y hacer. Esta transgresión se convierte en una "estrategia" en la medida en que se vuelve un fin en sí mismo, es decir, en la medida en que la transgresión no es un medio para lograr un fin determinado, sino un fin en sí mismo. Puesto que la transgresión no tiene límites, sino que por el contrario se debe ser cada vez más transgresor para no volverse rutinario, estas figuras terminan haciendo del ridículo un estilo político en sí mismo.
Esta estrategia es exitosa en la medida en que los políticos logran que se hable de ellos todo el tiempo. Ya sea para expresar indignación o admiración, la transgresión absurda genera una especie de fascinación. El motivo es que la capacidad para transgredir reglas se encuentra entre los grandes misterios de la conducta humana. Dicha capacidad conmueve lo esperable y agita el pensamiento. Los transgresores, como puede observarse con los niños que disfrutan de "portarse mal", buscan generar esta fascinación. La misma es políticamente redituable en la medida en que el político se mantiene siempre en el centro de la escena. Ya sea para alabarlo o criticarlo, todos hablan de él o de ella. Algunos los odian establemente y otros los aman establemente, pero seguramente la mayoría fluctúa entre el amor y el odio, que están más cerca uno del otro que cualquiera de los dos de la indiferencia.
Esta estrategia es exitosa en la medida en que los políticos logran que se hable de ellos todo el tiempo. Ya sea para expresar indignación o admiración, la transgresión absurda genera una especie de fascinación. El motivo es que la capacidad para transgredir reglas se encuentra entre los grandes misterios de la conducta humana. Dicha capacidad conmueve lo esperable y agita el pensamiento. Los transgresores, como puede observarse con los niños que disfrutan de "portarse mal", buscan generar esta fascinación. La misma es políticamente redituable en la medida en que el político se mantiene siempre en el centro de la escena. Ya sea para alabarlo o criticarlo, todos hablan de él o de ella. Algunos los odian establemente y otros los aman establemente, pero seguramente la mayoría fluctúa entre el amor y el odio, que están más cerca uno del otro que cualquiera de los dos de la indiferencia.
lunes, 2 de noviembre de 2015
Ideología y política
Ideología y política son dos cosas distintas. La ideología nos hace ver la realidad según principios lógicos. La política tiene lugar en la realidad según la percibimos con los sentidos. No sabemos en qué medida la realidad según la percibimos es lógica, pero algo es seguro: si pudiésemos conocer la lógica que gobierna la realidad, no habría política. El surgimiento de las ideologías está ligado al desarrollo de la ciencia, especialmente en los siglos 18 y 19. La expansión de razonamientos lógicos para comprender al mundo abrió camino a la idea de que el mundo es un sistema racional y consistente. En consecuencia, lo impredecible e inexplicable es en principio deducible de principios abstractos. Para las ideologías, los eventos políticos tienen una coherencia lógica. De allí que ellas sean inconmovibles: todo lo que ocurre es rápidamente interpretado cono una manifestación de un sistema de ideas, siempre a la espera de ser confirmado y reconfirmado.
No es casualidad que la gente educada sea la más ideologizada. La ideología necesita razonamientos lógicos, y el hábito de pensar lógicamente. Solo los filósofos, es decir, aquellos dispuestos a seguir razonamientos lógicos hasta sus últimas consecuencias, llegan a ver que los mismos son limitados a la hora de entender el mundo. Para quienes utilizan la lógica como un hábito, las conexiones lógicas se vuelven un cliché. Si así es que personas educadas terminan repitiendo una y otra vez la misma premisa y la conclusión, como si en el mundo no ocurriese nada más que el pasaje de una a la otra.
Todo esto viene a la lógica elemental que utilizan los universitarios a favor del gobierno para justificar un apoyo incondicional al mismo. Incondicional respecto de las medidas que el gobierno tome, porque parecería que lo único que se le pide es que mantenga la lógica inquebrantable de la ideología progre. Si las medidas económicas proteccionistas generan un aumento en la pobreza, redefinamos la pobreza; si hay autoritarismo, que sea como defensa a un autoritarismo peor; si hay gente que pasa hambre, que entiendan que con otro gobierno pasarían más hambre. Y así la ideología elimina la necesidad de pensar, pues uno sabe ya de antemano cuál es el sentido de cada hecho. Así, por ejemplo, los universitarios no necesitan preguntarse por qué medidas económicas proteccionistas e intervencionistas han ido de la mano de estancamiento económico y aumento de la pobreza. Para ellos, alcanza con eliminar el índice de pobreza para confirmar la conexión entre premisa y conclusión: si hay medidas económicas proteccionistas e intervencionistas, hay menos pobreza.
No es casualidad que la gente educada sea la más ideologizada. La ideología necesita razonamientos lógicos, y el hábito de pensar lógicamente. Solo los filósofos, es decir, aquellos dispuestos a seguir razonamientos lógicos hasta sus últimas consecuencias, llegan a ver que los mismos son limitados a la hora de entender el mundo. Para quienes utilizan la lógica como un hábito, las conexiones lógicas se vuelven un cliché. Si así es que personas educadas terminan repitiendo una y otra vez la misma premisa y la conclusión, como si en el mundo no ocurriese nada más que el pasaje de una a la otra.
Todo esto viene a la lógica elemental que utilizan los universitarios a favor del gobierno para justificar un apoyo incondicional al mismo. Incondicional respecto de las medidas que el gobierno tome, porque parecería que lo único que se le pide es que mantenga la lógica inquebrantable de la ideología progre. Si las medidas económicas proteccionistas generan un aumento en la pobreza, redefinamos la pobreza; si hay autoritarismo, que sea como defensa a un autoritarismo peor; si hay gente que pasa hambre, que entiendan que con otro gobierno pasarían más hambre. Y así la ideología elimina la necesidad de pensar, pues uno sabe ya de antemano cuál es el sentido de cada hecho. Así, por ejemplo, los universitarios no necesitan preguntarse por qué medidas económicas proteccionistas e intervencionistas han ido de la mano de estancamiento económico y aumento de la pobreza. Para ellos, alcanza con eliminar el índice de pobreza para confirmar la conexión entre premisa y conclusión: si hay medidas económicas proteccionistas e intervencionistas, hay menos pobreza.
domingo, 18 de octubre de 2015
Modernidad y posmodernidad
La modernidad podría definirse como el desplazamiento del creer como la facultad más elevada del hombre, y su reemplazo por la razón. El creer es la capacidad de aceptar lo que nos es dado. La razón es la capacidad de realizar inferencias lógicas. Ambas facultades están en conflicto entre sí. Cuando percibimos un objeto, el creer nos dice: ese objeto está ahí. La razón, en cambio, busca el fundamento por el cual percibimos el objeto, y la validez lógica del juicio según el cual dicho objeto existe. El creer suspende el pensamiento, la razón lo moviliza.
En la Edad Media, el orden político se sustentaba en el creer. La aceptación del orden se basaba en su mera existencia: si hay orden y no caos, es porque el mundo así nos fue dado. Sería arrogante pensar que un ente limitado como el ser humano podría conocer el fundamento del orden. La razón no está para eso, sino para ocuparse de cuestiones mundanas. En la modernidad, la razón se libera y pregunta por el fundamento: ¿por qué el mundo es así y no de otra manera? El creer se repliega y se abre el camino para las inferencia lógicas. La aceptación del orden ya no depende de lo dado, sino de su coherencia lógica. El mundo debe ser racional.
Esto genera un nuevo problema: la lógica no puede proveer un fundamento. La misma opera con variables abstractas, no con percepciones. Aplicada a lo perceptible, la lógica no puede más que conducir a la duda universal y el escepticismo: nada de lo que existe es justificable, no sabemos por qué las cosas son de un modo y no de otro, ni por qué deberían ser de un modo y no de otro. La razón cuestiona y destruye certezas, pero no provee nuevas certezas. Así se pasa de la modernidad a la pos-modernidad.
La pos-modernidad surge del descrédito de la razón. Ya no podemos creer en lo que es dado, ni tampoco conocer el fundamento de lo dado. El mundo es una serie de apariencias, y no queda más que vivir en ellas, suspendiendo el juicio sobre su verdad o falsedad, así como sobre su legitimidad o ilegitimidad. La creencia es para los ingenuos, la razón para los nostálgicos. Lo que quedan son las experiencias sensibles y las emociones, de las cuales no podemos dudar por ser constitutivas del pensamiento. La pregunta política sería: ¿pueden estas experiencias subjetivas servir como fundamento de una comunidad?
En la Edad Media, el orden político se sustentaba en el creer. La aceptación del orden se basaba en su mera existencia: si hay orden y no caos, es porque el mundo así nos fue dado. Sería arrogante pensar que un ente limitado como el ser humano podría conocer el fundamento del orden. La razón no está para eso, sino para ocuparse de cuestiones mundanas. En la modernidad, la razón se libera y pregunta por el fundamento: ¿por qué el mundo es así y no de otra manera? El creer se repliega y se abre el camino para las inferencia lógicas. La aceptación del orden ya no depende de lo dado, sino de su coherencia lógica. El mundo debe ser racional.
Esto genera un nuevo problema: la lógica no puede proveer un fundamento. La misma opera con variables abstractas, no con percepciones. Aplicada a lo perceptible, la lógica no puede más que conducir a la duda universal y el escepticismo: nada de lo que existe es justificable, no sabemos por qué las cosas son de un modo y no de otro, ni por qué deberían ser de un modo y no de otro. La razón cuestiona y destruye certezas, pero no provee nuevas certezas. Así se pasa de la modernidad a la pos-modernidad.
La pos-modernidad surge del descrédito de la razón. Ya no podemos creer en lo que es dado, ni tampoco conocer el fundamento de lo dado. El mundo es una serie de apariencias, y no queda más que vivir en ellas, suspendiendo el juicio sobre su verdad o falsedad, así como sobre su legitimidad o ilegitimidad. La creencia es para los ingenuos, la razón para los nostálgicos. Lo que quedan son las experiencias sensibles y las emociones, de las cuales no podemos dudar por ser constitutivas del pensamiento. La pregunta política sería: ¿pueden estas experiencias subjetivas servir como fundamento de una comunidad?
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