martes, 8 de diciembre de 2015

La estrategia del ridículo

Llamemos la "estrategia del ridículo" a aquella que consiste en transgredir las convenciones que regulan la comunicación política. Claro que "ridículo" es lo que perciben quienes no comulgan con este estilo. Para quienes sí lo hacen, la estrategia es percibida como valiente y transformadora. Tres figuras emblemáticas de esta estrategia hoy son Cristina Kirchner, Nicolás Madura y Donald Trump. Los tres se caracterizan por transgredir constantemente las formas que regulan lo que un político debe decir y hacer. Esta transgresión se convierte en una "estrategia" en la medida en que se vuelve un fin en sí mismo, es decir, en la medida en que la transgresión no es un medio para lograr un fin determinado, sino un fin en sí mismo. Puesto que la transgresión no tiene límites, sino que por el contrario se debe ser cada vez más transgresor para no volverse rutinario, estas figuras terminan haciendo del ridículo un estilo político en sí mismo.

Esta estrategia es exitosa en la medida en que los políticos logran que se hable de ellos todo el tiempo. Ya sea para expresar indignación o admiración, la transgresión absurda genera una especie de fascinación. El motivo es que la capacidad para transgredir reglas se encuentra entre los grandes misterios de la conducta humana. Dicha capacidad conmueve lo esperable y agita el pensamiento. Los transgresores, como puede observarse con los niños que disfrutan de "portarse mal", buscan generar esta fascinación. La misma es políticamente redituable en la medida en que el político se mantiene siempre en el centro de la escena. Ya sea para alabarlo o criticarlo, todos hablan de él o de ella. Algunos los odian establemente y otros los aman establemente, pero seguramente la mayoría fluctúa entre el amor y el odio, que están más cerca uno del otro que cualquiera de los dos de la indiferencia.

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