domingo, 18 de octubre de 2015

Modernidad y posmodernidad

La modernidad podría definirse como el desplazamiento del creer como la facultad más elevada del hombre, y su reemplazo por la razón. El creer es la capacidad de aceptar lo que nos es dado. La razón es la capacidad de realizar inferencias lógicas. Ambas facultades están en conflicto entre sí. Cuando percibimos un objeto, el creer nos dice: ese objeto está ahí. La razón, en cambio, busca el fundamento por el cual percibimos el objeto, y la validez lógica del juicio según el cual dicho objeto existe. El creer suspende el pensamiento, la razón lo moviliza.

En la Edad Media, el orden político se sustentaba en el creer. La aceptación del orden se basaba en su mera existencia: si hay orden y no caos, es porque el mundo así nos fue dado. Sería arrogante pensar que un ente limitado como el ser humano podría conocer el fundamento del orden. La razón no está para eso, sino para ocuparse de cuestiones mundanas. En la modernidad, la razón se libera y pregunta por el fundamento: ¿por qué el mundo es así y no de otra manera? El creer se repliega y se abre el camino para las inferencia lógicas. La aceptación del orden ya no depende de lo dado, sino de su coherencia lógica. El mundo debe ser racional.

Esto genera un nuevo problema: la lógica no puede proveer un fundamento. La misma opera con variables abstractas, no con percepciones. Aplicada a lo perceptible, la lógica no puede más que conducir a la duda universal y el escepticismo: nada de lo que existe es justificable, no sabemos por qué las cosas son de un modo y no de otro, ni por qué deberían ser de un modo y no de otro. La razón cuestiona y destruye certezas, pero no provee nuevas certezas. Así se pasa de la modernidad a la pos-modernidad.

La pos-modernidad surge del descrédito de la razón. Ya no podemos creer en lo que es dado, ni tampoco conocer el fundamento de lo dado. El mundo es una serie de apariencias, y no queda más que vivir en ellas, suspendiendo el juicio sobre su verdad o falsedad, así como sobre su legitimidad o ilegitimidad. La creencia es para los ingenuos, la razón para los nostálgicos. Lo que quedan son las experiencias sensibles y las emociones, de las cuales no podemos dudar por ser constitutivas del pensamiento. La pregunta política sería: ¿pueden estas experiencias subjetivas servir como fundamento de una comunidad?

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